La juventud como problema abordable por las ciencias sociales
ha atraído con preferencia la atención de sociólogos (ruptura generacional,
movimientos inconformistas, prácticas contraculturales,
inserción laboral...), psicólogos y psicólogos sociales (ciclos y etapas
de la vida, agresividad, rebeldía...), antropólogos (relaciones microcomunitarias,
ritos de paso a la vida adulta...) o pedagogos (educación,
tiempo libre...) antes que la de politólogos o historiadores de la política.
Es preciso constatar que, en las grandes síntesis recientes sobre
la historia de la juventud, la política ocupa un plano secundario [Levy
y Schmitt (eds.), 1996; Mitterauer, 1992]. Ello quizás obedezca a
la impresión, bastante generalizada en los estertores del siglo XX,
de un declive del activismo político de los jóvenes, vistos ahora como
una generación pragmática y desideologizada.
Esto no fue siempre así. En el periodo de entreguerras existió
un marcado interés por la actitud pública de la juventud y su implicación
en lo que se empezaba a llamar «problema generacional»
(Neumann, 1939). Tanto en ámbitos académicos como sociales y
políticos, principalmente a partir de la crisis de 1929 y la llegada
al poder del nazismo, se publicaron numerosos ensayos sobre la problemática
de la juventud y su plasmación en la proliferación de movimientos
juveniles en Europa.

