La cosecha generada por los hispanistas británicos del primer año de la década final del siglo XX, aunque buena, no ha resultado especialmente memorable. Explicaciones, seguro, existirán de peso. Desde el pasado frío y largo invierno de las islas a la espectacularidad de la coyuntura internacional en el este y en oriente, pasando por los preparativos de la inteligencia anglosajona para el evento «socio-cultural» del 92. Quizá lo más importante sea la aburrida normalización de la política y la sociedad, con la excepción de la cornisa cantábrica, en la presente España democrática.

