La obra intelectual, producto del ejercicio intelectual de su creador, aparece como el resultado de aquel proceso de creación que se dirige a la materialización externa de una idea, íntimamente ligado a la personalidad del individuo. No obstante, y más en la actualidad, la obra no deja de ser, también, un producto. Sin olvidar su contribución al desenvolvimiento cultural e interés artístico del individuo y de la sociedad, la obra aparece cada vez más como objeto de actividad empresarial unida, al menos desde la estricta óptica del inversor, a un idéntico objetivo de obtención de beneficios. No extraña, pues, que, en el contexto contemporáneo de sociedad de cultura del ocio y de desarrollo de las nuevas tecnologías, este proceso de creación se desenvuelva frecuentemente dentro de los márgenes de una relación contractual, en lo que ahora interesa, en el marco de un contrato de trabajo: un autor es contratado
por un empresario y desarrolla su trabajo en orden a la creación de una obra intelectual como asalariado de una empresa. La obra intelectual se presenta, esta vez, como el resultado de un trabajo en el que el creador no es más que un elemento del engranaje empresarial.

