Es bien sabido que en la España liberal del siglo XIX la política
fue una actividad reservada a las élites intelectuales y burocráticas y
a las minorías sociales beneficiadas por un reparto de la riqueza muy
desigual. La tesis de este artículo es que también correspondió a estos
mismos grupos --dijera lo que dijera la retórica del momento-- la dirección
de las principales coaliciones revolucionarias, y especialmente la
de aquellas que tuvieron mayor capacidad para producir cambios en
la gobernación del Estado. Esto explica el fenómeno recurrente de la
relativa continuidad que se dio entre el personal político existente antes
y después de cada una de las transferencias violentas del poder, revoluciones
y pronunciamientos triunfantes, que se sucedieron hasta 1875.

