Las condiciones anormales de producción durante la neutralidad
oficial española en la Guerra Europea provocaron una inflación muy por
encima del nivel de subida de salarios, grandes beneficios para los empresarios
y cambios traumáticos en el mundo del trabajo que los sindicatos
aprovecharon para crecer y afirmarse sobre un movimiento obrero muy
militante, y lograr el control de su dirección. En 1919, la diplomacia laboral
internacional creada con la firma del Tratado de Versalles obligaba a
España a modificar su política social y de trabajo para ajustarla a las
directrices de la OIT. Por ello, la posibilidad de integración de los sindicatos
en el sistema, que fue vista en los medios políticos y publicísticos
del republicanismo democrático y el socialismo como un factor decisivo
para la democratización del régimen, pareció real. El sindicalismo revolucionario
fue durante unos meses la gran esperanza de una izquierda
desalentada y desmoralizada. Pero la hostilidad de las patronales a la
política de institucionalización del sindicalismo encontró respaldo en
ciertos sectores del ejército y entre los grupos más antiliberales de la
sociedad española, que sólo veían extremismo y bolchevismo en el desafío
de los sindicatos. Ni los gobiernos ni el Parlamento pudieron ofrecer
las garantías necesarias para que el proceso de incorporación del sindicalismo
al Estado se llevase a cabo sin contratiempos y, apenas un año después,
en 1920, todo estaba perdido.
Abstract: The unusual conditions of industrial production during the Spanish
official neutrality in the First World War put the inflation over the level
of salaries, made great benefits for employers, and a lot of changes in labour. Unions grew up, improved, and got the control of labour movement.
At the end of the war in 1919, the international labour diplomacy
undertook to Spanish government that social provision and labour policy.
Social reformers, leftist republicans and intellectuals believed it as a
factor to democratization of the oligarchical regime and they supported
it enthusiastically. Then, revolutionary syndicalism appears as a great
expectation for a demoralizaded and discouraged liberal left, but only for
a short time. Many of the propertied classes, industrialists and business-men,
worried about the challenge of labour, the extremist activities and
the danger of Bolshevism, were involved in many developments of the
right, even the Army, and put pressure on the State. Neither Government
nor Parliament could guarantee the syndicalism institutionalization
process, and in 1920, expectations were lost.

