El 16 de julio de 1854, C. L. Otway, embajador británico en Madrid,
envió a su ministerio un despacho «secreto y confidencial» en el que
escribía:
«Es un hecho melancólico pero incuestionablemente cierto que el mal
tiene su origen en la Persona que ahora ocupa el más alto puesto de la Dignidad
Real, a quien la naturaleza no ha dotado con las cualidades necesarias para
subsanar una educación vergonzosamente descuidada, depravada por el vicio
y la adulación de sus Cortesanos, de Sus Ministros y, me aflige decir, de
Su propia Madre. Todos y cada uno de ellos, con el objeto de guiarla e influirla
de acuerdo con sus propios intereses individuales, han planeado y animado
en Ella inclinaciones perversas, y el resultado ha sido la.formación de un
carácter tan peculiar que es casi imposible de definir y que tan sólo puede
ser comprendido imaginando un compuesto simultáneo de extravagancia y locura,
de fantasías caprichosas, de intenciones perversas y de inclinaciones generalmente
malas» .

