No es difícil admitir que el conocimiento histórico está sometido a un continuo proceso de reinterpretación y que éste ha desembocado en la construcción de un discurso capaz de articular lo abstracto y lo concreto, los grandes movimientos y fluctuaciones con la experiencia individual de las gentes, lo que equivale a hablar de hombres y mujeres, de capas sociales dominantes y dominadas; un discurso capaz de coordinar lo público y lo privado, prestando especial atención a este último ámbito corno elemento clave en la estructuración y desestructuración de las relaciones sociales, de los grupos sociales y
de la conciencia que de sí tienen esos grupos.

