Hace exactamente cinco años Jesús GONZÁLEZ AMUCHASTEGUI me pidió que escribiera el prólogo de su libro Autonomía, dignidad y ciudadanía. A pesar de que me considero poco apto para este tipo de escritos pues pienso que siempre se corre el peligro de caer en la alabanza fácil o en la reiteración inútil, acepté complacido esta invitación. Lo hice básicamente
por dos motivos: primero, porque algo había ya leido de esta obra y llegado al convencimiento
de que era un trabajo importante, que abría nuevas perspectivas para el tratamiento de temas tan manidos y escurridizos como son los de la dignidad y la autonomía humanas. Yo mismo había incursionado en este campo y sabía cuán difícil era escribir algo que pudiera aportar algún enfoque interesante o provocar una discusión relevante. Desde el punto de vista intelectual y profesional, pensé que valía la pena someter a crítica y análisis algunas de las tesis sostenidas por Jesús, tales como la versión historicista de los derechos humanos, la posible organización de un orden internacional justo y la relevancia moral de la dignidad humana. La segunda razón era el saber que compartía con él una concepción del quehacer intelectual que fundamentalmente consiste en procurar vincular con la mayor honestidad posible lo que uno.
profesionalmente piensa y la forma cómo uno se comporta en el ambiente social que
nos ha tocado para suerte o desgracia vivir.

