I. CONSIDERACIONES INTRODUCTORIAS
Como dijimos hace tiempo, con la Declaración de Guadalajara (México), en
1991, se constituyó, de alguna manera, un espacio con la clara intención de que se
desarrollasen en su seno esfuerzos de concertación y cooperación entre los Estados
iberoamericanos y para que, al mismo tiempo, su acción conjunta se proyectase en
la escena internacional 1. Así lo manifestaron, con rotundidad, los Jefes de Estado y
de Gobierno al decir, en el segundo párrafo de esta Declaración, que «Representamos
un vasto conjunto de naciones que comparten raíces y el rico patrimonio de una cultura
fundada en la suma de pueblos, credos y sangres diversos. A 500 años de distancia
de nuestro primer encuentro, y como uno de los grandes espacios que configuran
el mundo de nuestros días, estamos decididos a proyectar hacia el tercer
milenio la fuerza de nuestra comunidad».

