La historiografía del carlismo, que en los últimos años ha recibido un notable impulso, se mantiene aún en buena parte en la penumbra a pesar de los nuevos conocimientos sobre su origen, desarrollo y estructura social, debido a que los trabajos clásicos continúan lastrando
su estudio, con dos grandes limitaciones de base.
La primera es la confusión terminológica que encubre la palabra, como ya señaló Aróstegui en 1970. La segunda es el escoramiento ideológico de la mayoría de trabajos, presente en grado máximo en toda la deleznable jungla de apologías que se multiplicaron hace cuarenta o cincuenta años y que se transmite a menudo a obras de mayor ambición.

