Hoy parece indudable para la historiografía que lo que se estaba
produciendo en la España de los inicios de la regencia de María Cristina
-una España extraordinariamente diversa- era una revolución o, si
se quiere, una etapa de un proceso revolucionario que, con flujos y
reflujos, se alargó unos treinta años 2. Si esto es así, resulta evidente
la necesidad de estar atentos no sólo a los hechos o a los idearios
puntuales, sino también a la experiencia, a las expectativas creadas
y a la carga de contenido conceptual acumulado durante ese proceso.
Por otra parte, resulta difícil entender los años treinta al margen del
marco europeo al que pertenecen y de la vivencia de una guerra civil
que, si bien es particular de España, implica a Europa tanto material
como ideológicamente.

