El título general de Espectáculo y sociedad elegido para este conjunto
de trabajos podría parecer una suerte de redundancia toda vez
que uno y otro término, una cosa y la otra, se exigen de manera recíproca.
El espectáculo es ante todo una práctica social y por ello está
sujeto a pautas que cada forma de sociedad impone. La sociedad, a su
vez, halla en el espectáculo respuesta a necesidades de distinto tipo
para su propia continuidad, desde rituales de integración a mecanismos
de mitigación o canalización de tensiones o mero esparcimiento.
A diferencia de las sociedades simples, en las sociedades complejas la
práctica social del espectáculo es dual: una concurrencia o concurso
asiste como público a lo que otros individuos especializados ejecutan,
y si participa en el espectáculo suele ser de modo indirecto o circunstancial.
O porque las reglas en virtud de las cuales se dispone el espectáculo,
la lógica que lo rige, se han alterado por alguna razón generándose
un estado de desorden. Es decir, la forma asumida por el
espectáculo en ese tipo de sociedades se aparta del modelo carnavalesco
en la terminología de Bakhtin, aquel en el que el espectáculo es
algo en lo que se participa más que algo que se mira o se contempla.
El mismo modelo de esparcimiento preferido por Rousseau cuando
defendía, frente a d’Alembert y manejando los argumentos puritanos,
lo inconveniente de que Ginebra dispusiese de un teatro.

