Los intelectuales están de vuelta. Parecía que todo estaba dicho
y que de una vez ya quedaban establecidas todas las taxonomías, que
ya se habían contado todas las venturas y desventuras de grupos, escuelas,
tendencias y demás generaciones, que se conocían todas las nóminas
habidas y por haber, que se reconocían méritos y límites de unos y
otros y que quedaban despachados todos los diagnósticos, cuando de
repente, una nueva oleada bibliográfica demuestra un rebrote de interés
por el tema, su resurgir a la orden del día. Favorecido por las conmemoraciones
-valga la palabra, pero ¿,qué es lo que se conmemoró
en esa fecha?- del 98 en España, el fenómeno ha dado pábulo a
una intensa actividad editorial, en la que entra lo mejor como lo peor,
y, a veces, lo peor de lo peor. Pero al margen de ese interés coyuntural,
y en parte facticio, puesto que engendrado por la necesidad conmemorativa
(sobre la que cabría reflexionar), la función del intelectual,
su papel en la sociedad, las cuestiones de sus diversas definiciones,
etc., han rebrotado con una fuerza que trasciende con mucho esas limitaciones
iniciales, para llegar a veces hasta reabrir heridas mal curadas.

