Entre 1925 Y 1928 el republicano Conrad Roure publicaba, en
el diario El Diluvio, una revisión histórica del republicanismo español
bajo el Sexenio y la Restauración. El balance era demoledor: ausencia
de estrategias plausibles de acceso al poder y mantenimiento en el
mismo, dificultad para articular unas bases sociales complejas y en
ocasiones contradictorias, consistencia de los obstáculos y de los enemigos
a los que se enfrentaba. Con matices y énfasis diferentes, éste
sería el diagnóstico de Álvaro de Albornoz en El partido republicano
(Madrid, 1918). Incluso cabría hablar en términos parecidos de quienes,
como José Ortega y Gasset en la conferencia del teatro de la Comedia,
en marzo de 1914, revisaban con espíritu republicanizante los límites
de la vieja y de la nueva política. Ahora bien, la diagnosis iba acompañada,
en la mayoría de las ocasiones, de una constatación no menos
relevante: la fuerza de los ideales republicanos, su continuidad a lo
largo de décadas como principal referente democrático, y en ocasiones
vagamente igualitario, entre determinados sectores sociales del país.
«Afortunadamente -diría Roure- los ideales republicanos se hallaban
arraigados en el alma del pueblo español».

