Los autores destacan la importancia de la propiedad agraria en Europa
durante la «era del capital» de mediados del siglo XIX. En su opinión, este
papel clave debe conectarse -en la línea expuesta por Tocqueville, Hegel
o Bismarck- con una noción especial de la formación del Estado tras la experiencia de la revolución liberal. En el caso valenciano, la renovada
elite agraria tendió a reforzar su dirigismo social por medio de un discurso
propio, que olvidaba la figura de los arrendatarios que, no obstante, caracterizaban
las zonas de regadío. El texto discute los motivos de la falta de
un desafío desde abajo contra la propiedad rentista y acentúa la importancia
de la precoz defensa de la difusión de la propiedad por parte de las elites
agrarias, como la base más firme de estabilidad social.

