Hace poco tiempo, Carlos Forcadell se ha referido de forma irónica
al contraste existente entre la generalizada convicción de que los historiadores
españoles carecen de hábitos para reflexionar a fondo sobre
la situación, los problemas y las perspectivas de nuestra disciplina,
y la notable afición que mostramos por realizar balances de lo hecho,
descripciones de lo que estamos haciendo o proyectos sobre lo que
hay que hacer. Forcadell considera incluso que, este sentido, se ha
llegado a un cierto exceso, y hasta obsesión, reveladores quizá de una
conciencia de incertidumbre, incomodidad e insatisfacción en torno a
nuestra capacidad de responder a las responsabilidades sociales que
conlleva la práctica historiográfica.

