Lo que conocemos como democracia «plena» (suponiendo que un
calificativo tal tenga alguna coherencia, lo que es harto dudoso) responde
a una fase muy reciente en el desarrollo de los sistemas políticos
liberal-democráticos, los cuales, a su vez, son fruto de una prolongada
evolución de las ideas y formas políticas euroamericanas. Desde esta
óptica, conviene no olvidar que la democracia -en el sentido que
hoy tiene esta palabra en Europa y América, y por extensión, en el
resto del mundo- no es un suceso (con la carga etimológica que el
término tiene en español y, sobre todo, en inglés), sino más bien un
larguísimo -fluctuante y balbuceante- proceso que tiene sus orígenes
más inmediatos a fines del siglo XVIII (en los Estados Unidos y en
Inglaterra) -y más remotos, incluso, en los Parlamentos o Cortes medievales
de los viejos países europeos-.

