La II República representa un momento de plenitud para la intelectualidad
española. En 1931, España dispone de una élite intelectual
que no tiene nada que envidiar a Europa. Estos intelectuales, que han
cristalizado en la prensa el malestar del país y han paliado la ausencia
de cuadros en los partidos extra-dinásticos, piensan tener la oportunidad
de construir el régimen republicano que han ideado. Tienen la impresión
de redactar una página en blanco. Sin embargo, no forman un grupo
homogéneo y el recurso cómodo a la apelación genérica no debe hacer
olvidar que la mayoría de ellos «más allá del republicanismo que se
han forjado en su lucha contra Primo de Rivera» no unen siempre
soluciones prácticas y teoría del Estado ni comparten los mismos criterios.
Por otra parte, esta coyuntura les obliga a someterse a la disciplina
de partido, a abandonar la reiteración de los grandes principios para
volcarse en la discusión de lo que llamaba Ortega disposicioncillas.
Más allá de su participación en la labor constitucional, cabe preguntarse
en qué medida su actuación gubernamental fue útil a la República
y qué lección sacaron de ésta.

