El carlismo vivió en 1888 un momento muy crítico. Doce años
después de soportar la severa derrota que selló la Segunda Guerra
Carlista, mientras seguían coleando los efectos del fiasco, este movimiento
sufriría una dolorosa amputación con la salida del sector intransigente
encabezado por Ramón Nocedal. Para muchos contemporáneos
el cisma integrista constituyó el acta de defunción del carlismo. Su
estado enlre 1886 y 1888, antes de producirse la ruptura interna, no
era precisamente halagüeño. No debe sorprendernos, por consiguiente,
la frase con la que el redactor de la voz «carlismo» de un diccionario
enciclopédico editado en 1888 definía la situación en aquel momento:
«El carlisrno está hoy más dividido que ayer.» Acto seguido, argumentaba:
«Parte de sus fuerzas han aceptado, con el seiior Pidal, la monarquía
constitucional, y otra parte considera cuestión secundaria el gobierno
con tal que sea católico. El señor Nocedal, jefe del partido hasta su
muerte (1885), representaba la tendencia intransigente (integrista) vencedora
hasta hace poco, pero hoy vencida ante don Carlos. Íntegros
y mestizos se llenan de improperios en la prensa, y en ningún partido
es tan grande la anarquía como en el carlista, que tiene por principal
arlÍculo defe el principio de autoridad».

