El que la «fidalguía» gallega del XIX para poder reproducirse como
grupo hegemónico hubiera tenido que mantener casi incólume hasta el cambio
de siglo un régimen de propiedad y explotación como el foral, llamado
a desaparecer, hizo que hasta los años setenta la literatura e historiografía
al uso la definieran como una élite retardataria sin más. El conservacionismo
foral y la decantación masiva por el carlismo, el ruralismo militante, la rudeza
y escasa inclinación al estudio, o la renuncia por casta y moral a los métodos
del caciquismo son algunos de los rasgos con los que frecuentemente aparecía
identificada. Desde los años ochenta, sin embargo, las investigaciones puestas
en marcha y la diversidad de enfoques adoptada ha permitido modelar
una imagen distinta, en algunos aspectos menos demoledora y en todo caso
llena de matices.

