El siglo XIX constituye, en lo que a la institucionalización de las ciencias físico-químicas se refiere, una centuria muy particular. Fue entonces, en efecto, cuando la posición socioeconómica de la actividad científica (de la química orgánica y de la física de la electricidad
especialmente) se desarrolló lo suficiente en algunas naciones europeas, al igual que en Estados Unidos, como para que se pueda decir que comenzó a introducirse, y a ser reconocida, en un gran número de «ámbitos sociales».

