Estoy seguro de que, con tales palabras, el autor de El Arte
del Periodista quiso aludir a un fenómeno al que, de hecho, no
pudieron permanecer ajenos los comentaristas de la realidad social
y cultural de comienzos del siglo xx: el tránsito entonces del periodismo
«ilustrado» al periodismo «gráfico»; o sea, del instituido en
torno al dibujo y al grabado a aquel otro cuyo fundamento lo empezaba
a formalizar el uso de la fotografía. Lo creo así porque es en esos
instantes cuando, dentro de la onda «revolucionaria» de la época
y de los anhelos por clarificar la esencia del compromiso periodístico,
en España se asiste a la aplicación de todas las innovaciones técnicas,
conceptuales y metodológicas que condujeron a la prensa hacia su
carácter posterior, elevada al rango de pieza decisiva e influyente
en la vida del país, por su naturaleza de medio de comunicación
de masas y por sus múltiples variables merced a la perfección conseguida.
Mainar debió percatarse de ello.

