La Santa Sede mantuvo hacia las revoluciones liberales de 1820 una
actitud mucho más ambigua de lo que en un principio se pudiera esperar.
Aunque el papa Pío VII rechazaba la ideología liberal, la razón de Estado
le obligó a contemporizar más allá de lo que las Potencias Conservadoras
europeas hubieran deseado. De hecho, los Estados Pontificios se declararon
neutrales en los conflictos que enfrentaron militarmente a la Santa Alianza
con Nápoles y España, pero esta neutralidad fue más aparente que real.
Si el temor a la propagación de las ideas liberales en Italia llevó a la Santa
Sede a apoyar discretamente la intervención austríaca en Nápoles, el rechazo
de Roma hacia el gobierno liberal español se manifestó en «pequeños gestos»
y no en condenas formales. El Papado pudo así servir a los intereses de
la Santa Alianza sin comprometer su tradicional independencia política y
diplomática.

