En la actualidad se habla mucho del redescubrimiento de la historia, en la opinión pública, en la conciencia colectiva y también en la política -aquí cuenta en el sentido de los límites de lo que pueda hacerse, del entramado histórico como condicionante, al que nadie se puede sobreponer impunemente--. El historiador escucha esto con complacencia, pero entre tanto se ve confrontado a veces con comparaciones demasiado audaces, por ejemplo cuando, en política exterior, se habla tanto de nuevo de la continuidad de la «situación central» de Alemania entre Este y Oeste desde la época de la paz de Westfalia -como si en estos trescientos años no hubieran cambiado repetidas veces y de raíz todas las circunstancias y relaciones de poder, todas las condiciones internas y externas, y como si no fuera absolutamente incomparable el «objeto» en cada caso (aquí el Sacro Imperio Romano-Germánico, allí la República Federal, por silenciar las «estaciones intermedias» )-.

