En 1822, tras el éxito de la intervención militar austríaca en tierras
italianas, los regímenes liberales de España y POltugal eran los únicos
que desafiaban el orden instaurado en la Europa posnapoleónica. Aunque
envueltos en un profundo proceso de crisis política y caos financiero,
los reinos peninsulares aún se encontraban bien relacionados con los
focos revolucionarios más beligerantes de las últimas décadas, de ahí
que las potencias europeas no estuvieran dispuestas a tolerar su consolidación.
Por una parte, era innegable su vinculación con América,
donde la lucha revolucionaria de las colonias por la independencia,
si bien influida por el modelo republicano norteamericano, no podía
entenderse sin la teoría y la práctica del liberalismo ibérico; por otra
parte, también era manifiesta su proyección mediterránea, perfectamente
ejemplificada en el caso de Nápoles y Piamonte; por último, preocupaba
la influencia que podían ejercer sobre la propia Francia, pues se temía
que el éxito de la revolución peninsular impidiera afianzar la restauración
borbónica e hiciera revivir los fantasmas recién enterrados del jacobinismo
y la república.

