Durante una gran parte del siglo xx, la actividad internacional española
se movió en el exclusivo marco del Mediterráneo, si bien entendido éste
en un sentido muy restringido, ya que «el Mediterráneo» que importa a
España se circunscribe a un área muy específica, a saber, la más pr9xima
a sus costas meridionales: el estrecho de Gibraltar y el norte de Africa.
En realidad, sería más apropiado hablar de una «política marroquí» de
España, ya que es «la cuestión de Marruecos» -las dificultades de la misión
colonial que allí le encomendaron las grandes potencias mediterráneasla
que domina de forma abrumadora las relaciones exteriores de España.
La dependencia y subordinación de España respecto a la hegemonía franco-
británica en el área del Estrecho será durante mucho tiempo la nota
dominante y, entre los años veinte y cuarenta, llevará a algunos gobiernos
(Primo de Rivera, Franco) a considerar e incluso a ensayar una opción
antialiada, lo que para Gran Bretaña y Francia resultaba preocupante dada
la importancia geoestratégica de España (con sus posesiones extrapeninsulares
en Baleares y la costa norteafricana). Ese mismo valor geoestratégico
en el Mediterráneo llevó a Estados Unidos, la superpotencia occidental
en la época del enfrentamiento bipolar y la guerra fría, a incluir a España
en su estructura de defensa occidental, a pesar de tener un régimen dictatorial.
Con la consolidación de la democracia y la plena integración de España
en Europa, cambia el papel de España, que ya no será de dependencia
sino incluso de protagonismo en el impulso del proceso de cooperación
y diálogo euromediterráneo, entre la Unión Europea y los países de la ribera
sur del Mediterráneo, cuyos múltiples problemas tanto pueden afectar a
España.

