La Iglesia tenía motivos para sentirse satisfecha con el nuevo régimen democrático. Ofrecía las instituciones democráticas que una gan parte del clero había venido pidiendo y transformó la estructura de las relaciones entre la Iglesia y el Estado de acuerdo con lo que el Vaticano deseaba desde 1968. La oposición decimonónica de clericalismo y anticlericalismo se había resuelto, por fin, en términos que la opinión pública, tanto de derechas como
de izquierdas, nacional y extranjera, consideraba sensatos y ejemplares. La reafirmación de las preocupaciones primordiales de la Iglesia aparecía, sin embargo, más compleja, pues la cultura del secularismo, que facilitó la solución de la controversia entre la Iglesia y Estado, resultaba mucho más difícil de tratar en su dimensión espiritual.

