Todavía se halla candente la polémica suscitada en torno al concepto
de sociabilidad, poliédrico y de difícil delimitación por cuanto alude
a prácticas sociales y modos de vida colectiva mudables con el paso
del tiempo, bajo expresiones formalizadas o no. El análisis de los grupos
intermedios entre lo privado (individuo, familia) y lo público (Estado)
se asemeja a una encrucijada de caminos, que implica a la historia
social y política con la antropología cultural, la sociología y la etnología
de la vida cotidiana, entre otras disciplinas. Sintomática de este mestizaje
resulta la imprecisa definición alumbrada por M. Agulhon 1, de
cuya mano pionera allá por los años sesenta «Ía sociabilitá è entrata
a pieno titolo nel campo de la storiografía», como reconocen especialistas
de la talla de M. Malatesta.

