Entre la galería de personajes que adquirieron relieve y notoriedad
en la política española de la Segunda República el nombre de Diego
Martínez Barrio ocupa sin duda un lugar destacado. Calificado a veces
de hábil e intuitivo, pero con notables deficiencias en su formación;
hombre -se dice- que gustaba de actuar entre bastidores, en un
discreto segundo plano, la personalidad y la trayectoria de don Diego
aparece con frecuencia desdibujada y desvaída, a pesar del papel clave
que llegó a desempeñar durante aquellos años y en la historia del
exilio republicano. En cualquier caso, quizás uno de los rasgos que
más llamen la atención es el buen concepto que, en general, a sus
contrincantes llegó a merecer su figura, algo sorprendente si tenemos
en cuenta el grado de apasionamiento y visceralidad con que llegó
a vivirse la política en la España de los años treinta.

