Llama la atención, al acercarnos al tema de la configuración del
régimen franquista en la primera gran etapa de su existencia, el carácter
fuertemente discontinuo y desordenado de su proceso de institucionalización.
Al mismo tiempo, no nos encontramos ante una lógica institucional
que derive de una doctrina política específica -aunque eso
no signifique que no contenga rudimentos de varias de ellas y de sus
negaciones-o a nuestro entender, tales características tienen que ver
fundamentalmente con tres series de factores. En primer lugar, la heterogeneidad
del bloque social y político que nutrió al régimen desde
sus propios orígenes, es decir, desde la guerra civil. Un bloque donde
habían convergido, desde el punto de vista político, elementos de diferentes
partidos -monárquicos autoritarios alfonsinos, monárquicos tradicionalistas
carlistas, fascistas falangistas y católicos corporativistas,
básicamente-, pero también instituciones como la propia Iglesia Católica
o un Ejército nacional, acrecido por la reincorporación de cuadros
autoapartados durante la República y por la entrada de miles de jóvenes
oficiales y suboficiales, una parte considerable de los cuales acabarían
siendo profesionales al final de la contienda.

