Parece una obviedad que la producción intelectual de un país acerca
de otro está en proporción directa al grado de interés que suscita, lo
que, a su vez, guarda estrecha simetría con la intensidad de las mutuas
relaciones. Por la amplitud y densidad que supone la actividad intelectual
de la historia en el conocimiento de las sociedades, la historiografía
es sin duda reflejo y observatorio privilegiados para valorar
las distancias o proximidades que median entre aquéllas. Por eso -además
de otras razones ligadas a la tradicional debilidad de los estudios
históricos en nuestro país, a su tardío desarrollo y a su dominante atención,
cuando comienzan a crecer, hacia el «conflicto interno»-, por
eso, decía, la historiografía española sobre el Portugal contemporáneo
ha sido durante mucho tiempo el escaparate del conocido «vivir de
espaldas» característico de los Estados peninsulares.

