El problema del Estado ocupa un puesto muy relevante en la historia
contemporánea italiana. Cabe recordar que la creación de la unidad
nacional, en 1861, fue posible solamente gracias a una afortunada serie
de sucesos político-diplomáticos y militares, y no fue preparada por
acuerdos dinásticos o políticos entre los estados entonces existentes,
ni tampoco se debió a fenómenos de convergencia económica, social
y cultural. A partir de ahí, la unificación del país y, consecuentemente,
su desarrollo y su modernización se convirtieron en el objetivo político
de las clases dirigentes italianas.

