El anarquismo decimonónico constituyó una vanguardia ideologizada
y militante, que impulsó la formación de centrales sindicales de composición
ideológica plural que ampliaron su influencia social. Los anarquistas ocuparon
puestos clave en la dirección de esas centrales, en sus relaciones con el
exterior y en su prensa, pero no conviene identificar al conjunto de esas
organizaciones con el anarcosindicalismo, ni interpretar su actuación en la
cantonal y en otros episodios históricos atendiendo en exclusiva a la versión
que esa elite difundió.
A partir de la etapa de ilegalidad de 1874-1881, y más aún tras la represión
de 1882-1883, ligada a la propaganda por el hecho del anarquismo de acción
andaluz, segmentos crecientes del sindicalismo se apartaron por muchos años
del anarquismo, que redujo sus apoyos entre los obreros cualificados y el
mundo de los oficios. El anarquismo se fue afirmando como fuerza independiente,
y se transformó en un movimiento complejo, con corrientes, con
estrategias y doctrinas emancipatorias diferenciadas. Gran parte de él se distanció
del sindicalismo y criticó sus prácticas por burocráticas y sus objetivos
por mezquinos. Sólo lo apoyó condicionadamente en la medida en que éste
se propuso transformar los conflictos reivindicativos en situaciones prerrevolucionarias,
como en los iniciales primeros de mayo. La represión de esos
intentos, muy indiscriminada y a menudo preventiva, acrecentó la exasperación
en sus filas. Muchos ácratas justificaron con eclecticismo cualquier tipo de
iniciativas surgidas de sus grupos, incluidas las terroristas, en tanto que la
dinámica generada por esos actos y su represión imposibilitaron la propaganda
y organización públicas de los anarquistas opuestos a ellas.

