El filósofo británico Bertrand Russell escribió en 1952 al hacer
un balance de sus ochenta años: «En mi juventud -había nacido en
1872- nadie ponía en duda el optimismo victoriano. Se pensaba que
la libertad y la prosperidad se extenderían gradualmente por todo el
mundo; se esperaba -añadía- que la crueldad, la tiranía y la injusticia
irían disminuyendo de manera continua». En efecto, a principios de
siglo los ideales de libertad y democracia aparecían asociados a la
idea de progreso, convertida según el historiador John B. Bury, autor
en 1920 de la obra clásica sobre tal idea, en «artículo de fe para
la humanidad» desde las décadas de 1870 y 1880.

