Hay que señalar la importancia que la tradición política española
ha atribuido a la espontaneidad como eximente moral de la violencia.
Ha sido la norma tachar la rebeldía de los contrarios de conspirativa,
de ser una traidora maquinación o una engañosa conjura. Por
el contrario, la rebeldía afín es presentada como un impulso natural
e incontenible, un levantamiento. Según este esquema legitimador,
los propios, defensores naturales de la justicia, aguantaron hasta no
poder más y entonces estallaron con una explosión de furia reparadora,
dipuesta tanto a vengar menoscabos individuales como a rectificar
una situación colectiva de oprobio. Igual que en la tradición
penal, en la que una muerte es duramente castigada si ha sido un
acto premeditado, pero puede ser disculpada si ha sido producto de
una explosión de ira cegadora, especialmente si la enajenación fue
provocada previamente por una afrenta a los sentimientos de honor
del agresor.

