La restauración de los Borbones en la persona del hijo de Isabel II,
Alfonso XII, significó el inicio de una nueva etapa en la historia del liberalismo
español. De nuevo, tras la sucesión de Constituciones de partido que significó
la ruptura de los años cuarenta, se intentó una Constitución de pacto, en
la tradición de 1837. Entonces los progresistas asumieron lo más significativo
del programa moderado; ahora los conservadores recogieron en la nueva
Constitución lo más relevante del período revolucionario. Para ello encontraron
en el nuevo y joven rey todo el apoyo necesario. Educado en el
exilio, consciente de la necesidad de formarse constitucionalmente, ansioso
de ayudar a la conformación de un verdadero régimen constitucional de
gobierno parlamentario, según el modelo inglés, desde el principio se preocupó
vivamente de acertar en sus decisiones. Si bien se adaptó al proyecto
canovista en lo esencial, intentó sus propias soluciones para llegar a una
correcta representación parlamentaria; lo que no pudo conseguir por faltarle
el apoyo de los jefes políticos. Su prematura muerte tuvo gran trascendencia
en la evolución del régimen. Por ella se llegó de una vez al acuerdo entre
los partidos y poco a poco a la normativización de los cambios políticos,
que restó protagonismo y responsabilidad a la corona durante la regencia.

