En la historia española de los siglos XIX y XX, la conexión entre movimiento obrero y anarquismo es notoriamente más tangible que en otras sociedades europeas. Hasta la Guerra Civil de 1936-1939, el anarquismo representó en España una importante fuerza revolucionaria que, en alianza con los movimientos sindicalistas, demostró una sorprendente estabilidad organizativa. Desde el principio el anarquismo ibérico estuvo concentrado, social y regionalmente, en dos áreas: el sur del país, latifundista, donde echó raíces el anarquismo agrario y artesano andaluz; y el relativamente industrializado nordeste peninsular, en el que
se impuso el anarcosindicalismo catalán.

