Parece que la filosofía de la historia tendría que ser ya una empresa
del pasado. De ese pasado en el que la temporalidad y, sobre todo,
las posibilidades constructivas que ella porta consigo disponían al pensamiento
a un atento escrutinio de los signos de los tiempos con la
vista puesta en la realización de la idea de una humanidad racional.
En otras palabras, la filosofía de la historia tendría que ver con una
reflexión parasitaria del nervio de la modernidad que, por ello, comienza
a desvanecerse cuando ésta toca a su fin.

