Suevos en Hispania
(Revista Desperta Ferro. Antigua y Medieval, Nº 96, año 2026)
- ISBN: 101141076
- Editorial: Desperta Ferro Ediciones
- Fecha de la edición: 2026
- Lugar de la edición: Madrid. España
- Encuadernación: Rústica
- Medidas: 28 cm
- Nº Pág.: 65
- Idiomas: Español
El 31 de diciembre del año 406 el río Rin se congeló, y una masa de bárbaros germanos aprovechó la circunstancia para cruzarlo a pie y entrar, a las malas, en el Imperio romano. Entre ellos estaban los suevos quienes, tras tres años de asolar la Galia, fueron instrumentalizados por un usurpador para cruzar los pirineos y entrar en Hispania. Una vez ahí, se repartieron el territorio con el resto de pueblos bárbaros y se establecieron en el noroeste de la Península (la antigua Gallaecia). Muy pronto (año 411) firmaron un pacto de alianza con Roma (foedus) por el que, a cambio de servir al imperio, este legalizaba su asentamiento. Así se creó el reino suevo de Gallaecia, que en su momento de máxima expansión, a mediados del siglo V, llegaría a dominar toda la costa atlántica, así como las ciudades de Asturica, Legio, Braccara, Olisipo, Emerita, e incluso Hispalis y Gades. Este reino sobreviviría hasta el año 585, cuando fuera sometido por el rey visigodo Leovigildo.
Los suevos antes de Hispania por Peter Heather (King’s College London)
Los suevos constituyen uno de los pueblos más misteriosos de entre los que establecieron Estados sobre las ruinas del Imperio romano de Occidente –en los siglos V y VI–, no solo por la escasez de fuentes disponibles, sino también porque no está del todo claro a quiénes hace referencia, exactamente, ese etnónimo. Los “suevos” aparecen con frecuencia mencionados en fuentes romanas antiguas desde la época de Julio César (ca. 50 a. C.) hasta mediados del siglo II d. C., pero a partir de ese momento los cronistas no vuelven a referirse a ellos hasta principios del siglo V. La respuesta más probable y aceptada entre los especialistas actuales es que se tratara de un término colectivo para un conjunto de grupos germánicos más pequeños y políticamente separados que compartían algunas características comunes, sobre todo, que todos participaban de una misma serie de cultos religiosos.
Hermerico. De jefe tribal a rey suevo por Pablo C. Díaz Martínez (Universidad de Salamanca)
Los romanos utilizaban una terminología reconocible para referirse a las autoridades bárbaras. En sus referencias a Hermerico, Hidacio le recuerda como rey de los suevos, pero se trataba esencialmente de una jefatura militar tribal. Si atendemos al testimonio de Isidoro sobre su larga trayectoria al frente de su pueblo, Hermerico pudo ser el héroe de la migración y, por supuesto, el de la resistencia contra el acoso vándalo y de la firma de acuerdos ventajosos con los provinciales y con el Imperio. Esa exitosa trayectoria le granjearía la fidelidad de sus hombres; sus constantes correrías y saqueos le proporcionarían riqueza. A falta de un territorio sobre el que ejercer la soberanía y de una sede regia, la posesión del tesoro habría sido el elemento esencial a la hora de definir quién detentaba el poder en los pueblos bárbaros durante el periodo de las migraciones.
El reino suevo. De la expansión territorial a la derrota militar por Iñaki Martín Viso (Universidad de Salamanca)
En 438, el rey Hermerico enfermó y su hijo Requila le sustituyó en el reino. Desconocemos cuál era la enfermedad que inhabilitó al rey, pero la sucesión trajo consigo una política mucho más agresiva de los suevos, ya que Requila inició un proceso de expansión territorial con el objetivo de consolidar su posición en Hispania. Sin embargo, los visigodos habían establecido su base de dominio en el sur de la Galia, con la eclosión del reino de Tolosa. Hispania era un espacio por el que tenían un interés limitado, ante todo, al valle del Ebro (la Tarraconense), mientras que el oeste o el sur peninsulares eran áreas sobre las que apenas disponían de control. Esta situación favoreció la decisión de Requila de iniciar un proceso destinado a hacerse con el control de todo el oeste de Hispania.
Bárbaros, bagaudas y milites. Guerra y conflicto en el siglo V por Raúl Catalán Ramos
El inicio del siglo V en Hispania no hacía presagiar nada distinto a la tranquilidad que había caracterizado la centuria anterior. Pero esto cambió de forma radical cuando el usurpador Constantino III se rebeló contra Honorio y decidió que –para acabar con el apoyo que este recibía de sus partidarios hispanos– era necesario enviar tropas al otro lado de los Pirineos para eliminar a la aristocracia partidaria del emperador. Así, a principios del año 408, el general Geroncio fue enviado a Hispania por Constantino, dando inicio a una interminable sucesión de campañas militares, revueltas e invasiones que asolarían el territorio hispano a lo largo de todo el siglo V, y que continuarían más allá del año 500, rompiendo un prolongado periodo de paz de más de ciento cincuenta años. La composición, equipamiento y tácticas de los distintos actores involucrados, desde campesinos sublevados sin formación militar alguna, hasta las tropas de élite bárbaras y romanas que hacían de la guerra su modo de vida, serán el objeto de atención de este trabajo.
El reino suevo de Mérida y sus “princesas” por Francisco Javier Heras Mora (Museo Arqueológico de Badajoz)
El ascenso al trono de los suevos de Requila, el año 439, marca un importante giro en su política territorial, con una formidable apuesta y declaración de intenciones, eligiendo como capital de su reino al que fuera el centro del poder en la última etapa de la Hispania romana. Su muerte, nueve años después, en Emerita (Mérida), debió de dar al traste con el proyecto; su hijo y sucesor, Requiario, volvió a dar un golpe de timón. Abandonó la ciudad donde se estableció la corte de su padre, pero no sin antes atajar cierta rivalidad oculta en su entorno, según el cronista Hidacio, obispo de Aquae Flaviae. El descubrimiento en Mérida de una decena de cuerpos ataviados con las galas reales o nobiliarias, algunos de ellos niñas, podría arrojar luz –o, tal vez, nuevos interrogantes– acerca de la convulsa sucesión en el poderoso trono suevo.
¡Que vienen los bárbaros! Élites “suevas”, galaicorromanas y religiosas en la Gallaecia tardoantigua por Jorge López Quiroga (Universidad Autónoma de Madrid)
El poema Esperando a los bárbaros, de Constantino Cavafis, describe irónicamente la atmósfera pesimista y en cierta medida paranoica que alimentaba el inconsciente colectivo de las sociedades romanas occidentales en vísperas de lo que la historiografía ha denominado tradicionalmente como el “tiempo de las invasiones bárbaras”. La población galaicorromana, aquella de la que tenemos información a partir de las fuentes escritas, es decir, la aristocracia galaicorromana y las incipientes élites eclesiásticas, “esperaba a los bárbaros” y, por supuesto, los bárbaros llegaron, en este caso los que conocemos como suevos. ¿Las élites galaicorromanas, laicas o eclesiásticas, los esperaban en el foro, engalanadas con joyas y dispuestas a entregarles regalos y propiedades, como refiere irónicamente Cavafis? La realidad, como suele ocurrir, es mucho más complicada y la interacción entre los bárbaros que llegaron a la Gallaecia y la población local no fue ni mucho menos pacífica y tan idílica como Cavafis suponía.
“El reinado de la perturbación”. La batalla del río Órbigo y la anarquía sueva por José Soto Chica (CEBNch de la Universidad de Granada)
“El reinado de la perturbación”. Así definió Hidacio el violento caos al que los suevos arrastraron a las tierras del noroeste de Hispania durante casi ciento cincuenta años (409-556), pues durante ese siglo y medio, los suevos fueron, por encima de todo, sinónimo de guerra, devastación y saqueo. Sí, pero solo a partir de 456, tras ser prácticamente aniquilados a orillas del río Órbigo por los godos, a esa tríada sumaron la anarquía. Un caos sangriento y tan enrevesado que san Isidoro de Sevilla, contemporáneo del final del reino suevo, ante la imposibilidad de desenredar su caótica historia, se limitó a resumirla con una sola frase: “A Remismundo le sucedieron muchos reyes suevos que permanecieron en el error arriano”. Así que la batalla del río Órbigo fue un hito fundamental en la historia de los suevos y de la desangrada Hispania romana. Uno que hizo pasar al pueblo suevo desde una efímera y salvaje hegemonía al abismo de la anarquía.
Tenet Gallicia tota patronum. “Refundación” y segundo final del reino suevo galaico por Jorge López Quiroga (Universidad Autónoma de Madrid)
La conquista, destrucción e integración del reino suevo como una provincia administrativa integrada en el reino godo de Toledo por parte de Leovigildo en 585 supuso la desaparición definitiva del poder de la élite regia que vemos plenamente operativa desde mediados del siglo VI en la Gallaecia. Una efímera “refundación” del reino suevo, que nunca logró zafarse completamente de la tutela y vasallaje respecto al reino godo de Toledo desde la dolorosa derrota sufrida por Requiario junto al río Órbigo en 455. No desapareció, ni mucho menos, la memoria del reino suevo galaico, a pesar de que la historiografía de corte nacional-centralista elevara al denominado como reino visigodo a la categoría de entidad política identitaria, homogénea y unificadora para el conjunto de Hispania, algo que se reveló, como hoy sabemos, como un simple barniz superficial que en absoluto pudo borrar la enorme diversidad de los territorios que conforman la península ibérica.
Directores Alberto Pérez Rubio, Carlos de la Rocha, Javier Gómez Valero.

