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Julio de 1936. Del Golpe de Estado a la Guerra Civil (II)

Julio de 1936. Del Golpe de Estado a la Guerra Civil (II)
(Revista Desperta Ferro. Contemporánea, Nº 76, año 2026)

  • ISBN: 101141077
  • Editorial: Desperta Ferro Ediciones
  • Lugar de la edición: Madrid. España
  • Encuadernación: Rústica
  • Medidas: 28 cm
  • Nº Pág.: 65
  • Idiomas: Español

Papel: Rústica
7,50 €
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Resumen

La clave de bóveda de la intentona golpista de julio de 1936 era Madrid, lugar en el que los conspiradores habían puesto esperanzas limitadas debido a la presencia de numerosas fuerzas leales, tanto de orden público como de las organizaciones que apoyaban al Frente Popular. Así, mientras el Gobierno acordaba, tras un intenso debate, la entrega de armas al pueblo, fundamentales en el asalto al cuartel de la Montaña, los golpistas, siguiendo el plan preestablecido, organizaban las columnas que debían converger sobre la capital para conquistarla y alcanzar el éxito. Para ello era fundamental hacerse con Zaragoza por sus recursos en hombres y armas y por su posición geográfica frente a la lealtad de Levante, así como con los territorios del occidente castellanoleonés y de Galicia. El alto del León, Somosierra y Guadalajara fueron los puntos en que quedaron bloqueadas las columnas de Mola. Quedaba el Ejército de África, concentrándose al otro lado del estrecho gracias a la ayuda de Alemania e Italia, los socios del Eje, pero aún estaba lejos y para cuando llegó cerca de su objetivo el golpe de estado había fracasado y se había convertido en una Guerra Civil.

Frente al golpe. Pérdida y recuperación del poder gubernativo republicano por Eduardo González Calleja (Universidad Carlos III de Madrid)
A las 8.30 de la mañana del 18, el presidente del Consejo, Santiago Casares Quiroga, difundió por radio un comunicado optimista sobre la situación en Marruecos.2 A las 10.00, dos representantes de la ejecutiva del PSOE le visitaron para pedirle que entregara armas a las organizaciones obreras, pues los socialistas desconfiaban de la lealtad de las fuerzas de orden público y de los militares. Pero Casares se negó porque creía que podía sofocar la rebelión “sin necesidad de hacer locuras, ni de que arda el país”. El general Pozas había contactado con todas las comandancias de la Guardia Civil, y el propio Casares se había comunicado con los gobernadores civiles, a los que había ordenado que no repartieran armas a los civiles, mantuvieran la calma y garantizaran el imperio de la ley. Esa misma mañana, la sublevación ya se había extendido a la Península, en un goteo de rebeliones que desbordó las previsiones del Gobierno.

Cabanellas subleva la 5.ª División Orgánica por David Alegre Lorenz (Universitat Autònoma de Barcelona)
La participación del general Miguel Cabanellas en el golpe de Estado nunca estuvo en riesgo. Él mismo se había encargado meses antes de que Franco y Mola supieran de su interés por sumarse a la conspiración, que pronto fue un secreto a voces en todos los cuarteles del país. Lo hizo a través de Serrano Suñer, que después de ganar su escaño con la CEDA por Zaragoza en las elecciones de febrero rindió visita protocolaria al veterano general, jefe de la 5.ª División Orgánica. Sin embargo, tiende a pensarse que dudó hasta el final. A ello contribuyeron varios factores: el relato oficial de la dictadura franquista, cuyos propagandistas trabajaron duro para desprestigiar a Cabanellas por su conocida oposición a la concentración de poderes en la persona de Franco; la deslealtad de sus principales subordinados en Zaragoza durante el verano del golpe, que alimentaron dicho relato para enaltecer su propio papel; y, por último, los trabajos de hispanistas como Hugh Thomas, quien llegó a afirmar sin fundamento que Cabanellas tuvo que ser amenazado a punta de pistola por un oficial.

Las redes de comunicación en el golpe de Estado por Ángel Alcalde (The University of Melbourne)
La historia de las comunicaciones en la Guerra Civil española es todavía un tema poco conocido, aunque fascinante y de creciente interés para las sociedades actuales, tan marcadas por las revoluciones tecnológicas en nuestra hiperconectada era de la información y la desinformación. Los historiadores han empezado a revisitar el pasado conflictivo del mundo interbélico con nuevas preguntas acerca del impacto de los medios de comunicación en los acontecimientos políticos y en las guerras del periodo. La prensa –los diarios, las revistas y otras publicaciones periódicas impresas– era en la época el mayor y más importante medio de comunicación, fácilmente accesible para la población alfabetizada –que en la España de la Segunda República superaría ya el 70 %–. Los periódicos de esos años, de los que había para todos los gustos y afinidades políticas, siempre han sido una fuente imprescindible, si bien debe usarse muy críticamente para estudiar acontecimientos como el golpe de Estado de 1936.

El fracaso de Madrid y el asalto al cuartel de la Montaña por Javier Cervera Gil (Universidad Francisco de Vitoria)
La victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 estuvo condicionada por una ley electoral que amplificaba los resultados, convirtiendo una diferencia limitada en votos en una amplia mayoría parlamentaria. Aunque la distancia real entre bloques no superó los doscientos mil sufragios, el sistema favoreció a una izquierda unida frente a una derecha fragmentada. Esta desproporción ocultaba, sin embargo, una intensa polarización social y política, con dos bloques enfrentados, asociados a distintas clases sociales y separados por una creciente intolerancia. La elevada participación benefició a la izquierda, más movilizada. El Frente Popular logró mayorías claras en áreas obreras, mientras la derecha predominó en zonas acomodadas, con diferencias más ajustadas. Ciudades como Madrid pueden considerarse mayoritariamente de izquierdas aunque el electorado mostró cierta inclinación hacia opciones más moderadas, tanto en la izquierda como en la derecha. Tras los comicios, la situación se tensó con rapidez. Sectores de la derecha y parte del Ejército rechazaron los resultados y presionaron al Gobierno de Portela Valladares para anularlos y declarar el estado de guerra.

La dimensión internacional de la rebelión militar de julio de 1936 por Hugo García Fernández (Universidad Autónoma de Madrid)
La rebelión “nacional” contra la República de julio de 1936 tuvo una clara perspectiva internacional, en dos sentidos. Por una parte, los conspiradores buscaron financiación, armamento y reconocimiento en el extranjero desde mucho antes del 18 de julio. Por otra, supieron aprovechar los desafíos y transigencias que debilitaron el orden internacional en los años treinta. La injerencia exterior tuvo un papel secundario en el golpe, pero influyó de manera decisiva en el curso y el desenlace de la guerra hasta el punto de justificar la calificación de la dictadura franquista como “hija del apaciguamiento” que propuso el norteamericano Thomas J. Hamilton en un libro de 1943. La ayuda italiana y alemana supuso un espaldarazo crucial para los rebeldes en la decisiva etapa inicial de la guerra. La aviación alemana, en particular, permitió a Franco trasladar a al menos catorce mil soldados españoles y Regulares marroquíes entre el 29 de julio y el 11 de octubre de 1936 a través del estrecho de Gibraltar, sorteando a la Armada republicana.

Triunfo absoluto en el noroeste por Julio Prada Rodríguez (Universidade de Vigo)
La conspiración militar dirigida por el general Emilio Mola se apoyaba en una malla insurreccional que asignaba funciones diferenciadas a cada división orgánica del Ejército. En este despliegue, la 7.ª División (Valladolid) actuaría como base de concentración para el asalto a Madrid tras asegurar el corazón de Castilla, mientras la 8.ª División (La Coruña) debía blindar el noroeste y neutralizar la proyección republicana desde Asturias. El control de estas regiones proporcionó a los sublevados una retaguardia continua y segura que resultaría determinante para el posterior avance del bando insurgente. Dentro de este esquema, la 7.ª División Orgánica estaba llamada a desempeñar una función ofensiva de primer orden en los planes conspirativos. Su jurisdicción comprendía las provincias de Valladolid, Salamanca, Zamora, Segovia, Ávila y Cáceres, un amplio arco territorial desde el que organizar columnas militares destinadas a atravesar el sistema Central por los puertos de Guadarrama y Navacerrada en dirección a la capital.

El engaño de Aranda. Oviedo ganado para la sublevación por Javier Rodríguez Muñoz
La noticia de la sublevación del Ejército de África fue conocida por el gobernador civil de Asturias, Isidro Liarte Lausín, en la tarde del 17 de julio, informado desde el Ministerio de Gobernación; y llegó también a la redacción del periódico socialista Avance, aunque su primera del día 18 apareció casi entera en blanco al ser censurado por el Gobierno Civil un editorial en el que se llamaba a defender la República “con cojones y dinamita”. En él se anunciaba, no obstante, que los obreros montaban guardia en toda la provincia. Ninguno de los diarios ovetenses informaba a las claras del golpe militar. En Oviedo había un grupo de militares inmerso “en preparativos clandestinos conducentes a un alzamiento”, según Arrarás, integrado por los capitanes Ibarreta y Fernández Vega, de ingenieros, Corujedo, de artillería, Gispert, de infantería, y el teniente Mayoral, de intendencia. También participaba en las reuniones el comandante Uzquiano, de caballería, y posteriormente se comprometieron otros jefes. Una incógnita para los conspiradores era cuál sería la posición del coronel Antonio Aranda Mata, máxima autoridad militar en la provincia.

Resultado, una guerra civil por Miguel Alonso Ibarra (Universidad Nacional de Educación a Distancia)
Entre el 17 y el 23 de julio de 1936 se produjo el golpe de Estado contra la Segunda República española, llevado a cabo por una parte del Ejército y de las fuerzas de seguridad, apoyados por organizaciones y partidos políticos de la derecha contrarrevolucionaria. Su resultado fue ambivalente. El éxito cosechado por los golpistas en amplias zonas del centro y del norte del país, en la mitad occidental de Aragón, en el protectorado marroquí, ambos archipiélagos –a excepción de Menorca– y varias ciudades andaluzas como Sevilla o Cádiz, se vio contrarrestado por su fracaso en enclaves capitales, caso de Madrid, Barcelona, Bilbao o Valencia, y en general en toda la mitad oriental del país. Eso dio como resultado una España partida en dos. Ante la imposibilidad de que una mitad se impusiese a la otra de forma rápida y contundente, la situación terminó por desembocar en un conflicto armado que se alargaría hasta abril de 1939, y después.

Directores Alberto Pérez Rubio, Carlos de la Rocha, Javier Gómez Valero.

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