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Escritos científicos

Escritos científicos

  • ISBN: 9788498366051
  • Editorial: Editorial Comares
  • Lugar de la edición: Granada. España
  • Colección: Obras Filosóficas y Científicas de G.W. Leibniz
  • Encuadernación: Cartoné
  • Medidas: 24 cm
  • Nº Pág.: 632
  • Idiomas: Español

Papel: Cartoné
55,00 €
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Resumen

El siglo XVII es un periodo crucial para el desarrollo de la ciencia moderna. Coincidiendo con el paso del Renacimiento al Barroco, lo que había sido una eclosión caótica empieza a decantarse y poco después se convierte en el sólido cuerpo de conocimientos que cambiará para siempre el curso de la historia. Cuando nace Leibniz en 1646 pocos se atreven a pronosticar que en muy poco tiempo va a producirse una transformación tan decisiva. Herederos de magos y alquimistas, hermanos de los que se dedican a la cábala y toda suerte de especulaciones fantásticas, los científicos están lejos de haber alcanzado consenso doctrinal y reconocimiento social. No merecen apenas el respeto y admiración de los contemporáneos; apenas se ponen de acuerdo sobre los objetivos a cubrir o los métodos a aplicar. Las tendencias centrífugas en el campo de la investigación natural son por el momento más fuertes que los principios de unidad bajo un magisterio común.
Sin embargo, en el curso de unos pocos decenios el movimiento se consolida, conquista su autonomía y adquiere un protagonismo que nadie podrá arrebatarle en lo sucesivo. No suele atribuirse a Leibniz un papel clave en este proceso. Galileo, Descartes, Newton son figuras indiscutibles reconocidas por todos. Kepler, Huygens, Harvey ocupan también puestos de primera fila en la memoria colectiva. Luego está el coro de las segundas voces, los Gilbert, Boyle, Pascal, Guericke, Torricelli, Wren, Mariotte, Fermat, Snellius, Malpighi, Leeuvenhoek? ¿Y Leibniz? Se le otorga un estatuto especial: nadie puede negar sus méritos (aunque lo haya intentado más de uno), pero es visto como un elemento extraño, alguien que contamina la pureza de la nueva ciencia con incómodas supervivencias del pasado y extraños añadidos de su propia cosecha. Todos recuerdan sus contribuciones al análisis matemático y a la maduración de la mecánica racional. Aparte de eso, los especialistas registran numerosas aportaciones dispersas a lo ancho y largo de diversas disciplinas. Pero también, ¡qué mezcla de ideas, qué enojosas contaminaciones metafísicas, cuántas especulaciones arriesgadas y arbitrarias! Los fílósofos de la Ilustración, con Voltaire a la cabeza, forjan la imagen de un Leibniz meramente especulativo y desligado de la realidad. Para salvarlo tienen que apelar, como Kant, a la fábula del padre que lega a sus hijos una finca después de asegurarles que ha escondido en ella un tesoro. Codiciosos, éstos la cavan sin descanso, obteniendo un terreno saneado y henchido de frutos, aunque ayuno de las joyas prometidas.
Visto desde la perspectiva que dan los casi trescientos años transcurridos desde su muerte, el juicio sobre Leibniz debe ser muy diferente. Fue el primer pensador que meditó a fondo sobre las bases ontológicas y metodológicas del naciente saber. Tuvo el firme propósito de sistematizar lo que hasta entonces no dejaba de ser una serie de elementos dispersos: la revolución conceptual de Copérnico, la genial intuición programática de Galileo, el empirismo de Bacon y los filósofos ingleses, el neopitagorismo de Kepler, la alianza de razón e imaginación forjada por Descartes, la precisión numérica introducida por Huygens, la prodigiosa gesta teórico- experimental de Newton? Factores esenciales todos ellos, pero la nueva ciencia precisaba algo más todavía: tenía que transformarse en un saber que se enseña y se aprende, una empresa compartida en la que nadie guarde para sí como propiedad exclusiva los descubrimientos importantes o las estrategias ganadoras, un esfuerzo colectivo impulsado y acogido por toda la sociedad, una nueva provincia de la cultura a tener en cuenta por la ética, la metafísica y la religión? Leibniz vio como ningún otro estas facetas del problema y las asumió como tareas a resolver. Ofreció soluciones válidas algunas veces; formuló propuestas interesantes en otras ocasiones; planteó desafíos estimulantes siempre.

Edición de Juan Arana Cañedo-Argüelles.

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