Ejércitos de la Guerra Civil (IV). Las milicias sublevadas
(Revista Desperta Ferro, Nº ESPECIAL XLVIII, año 2026)
- ISBN: 101142934
- Editorial: Desperta Ferro Ediciones
- Fecha de la edición: 2026
- Lugar de la edición: Madrid. España
- Encuadernación: Rústica
- Medidas: 28 cm
- Nº Pág.: 82
- Idiomas: Español
Las fuerzas paramilitares de los diferentes partidos de derechas españoles se sumaron de inmediato al golpe de Estado de julio de 1936, sumando sus efectivos a las primeras columnas que partieron a expandir el territorio rebelde. Los Carlistas, organizados en el Requeté, aportaron, sin duda alguna, la milicia mejor estructurada y entrenada; pero la Falange, cuya implantación territorial cubría todo el país, no les fue a la zaga y las camisas azules se convirtieron en un elemento habitual de los primeros combates. Junto a ellos intervinieron en la Guerra Civil otras milicias sublevadas menos conocidas como las Juventudes de Acción Popular, las Guerrillas de España y los escasos Legionarios de España; a los que se sumó la recién creada Acción Ciudadana para las tareas de orden público. Sin embargo, su actuación singular terminó con prontitud pues todos ellos quedaron amalgamados y absorbidos en el seno del Ejército franquista a lo largo de 1937. La actuación en la Guerra Civil de estas milicias sublevadas no se limitó al frente. Muchos de ellos, en zona republicana, tuvieron que ser discretos mientras, en ocasiones, formaban una quinta columna, mientras que a las mujeres, especialmente las Margaritas carlistas y la Sección Femenina de Falange, se les encomendaron fundamentalmente tareas de retaguardia, de orden asistencial y a menudo moral.
Puños y pistolas. La paramilitarización de las derechas durante la República por Eduardo González Calleja (Universidad Carlos III de Madrid)
Durante la República, los partidos de derecha sufrieron un proceso de radicalización que tuvo dos implicaciones esenciales: la fascistización de sus comportamientos militantes y la creciente especialización dentro de la peculiar “división del trabajo subversivo” a la que se comprometieron tácitamente todas las fuerzas ultraconservadoras desde la proclamación del régimen. Dejando aparte las sinuosidades de la “táctica” de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), los otros grupos de derecha adoptaron posturas rupturistas. Los alfonsinos se esforzaron en dar apoyo a una acción insurreccional que debía ser encabezada por el Ejército, a la vez que financiaban a las formaciones políticas más combativas, como eran el carlismo y el falangismo, que fueron las que llegaron más lejos en el proceso de paramilitarización. Todos ellos negociaron, con mayor o menor dureza y en un momento u otro, con los militares que estaban planificando el golpe de Estado de julio de 1936, para acabar ser absorbidos durante la guerra por las mismas dinámicas que habían tratado de controlar.
“¡Dios, Patria y Rey!”. El Requeté en la Guerra Civil por Roberto Muñoz Bolaños (CEIE-Universidad Camilo José Cela y Universidad del Atlántico Medio)
El Requeté fue la organización paramilitar del carlismo, una ideología surgida durante la crisis sucesoria de Fernando VII (1830-1833) y consolidada tras el estallido de la Primera Guerra Carlista (1833-1840). Más que un simple movimiento monárquico, el carlismo constituyó una corriente política contrarrevolucionaria que rechazó los principios del liberalismo nacidos de la Revolución francesa y defendió una concepción tradicional de la monarquía, cimentada sobre cuatro pilares: la unidad católica de España, la legitimidad dinástica de la rama carlista de los Borbones, la defensa de los fuer os regionales y una organización corporativa de la sociedad frente al parlamentarismo liberal. Su lema, “Dios, Patria, Rey”, sintetizaba esos principios. Sin embargo, el 14 de abril de 1931, el carlismo era un movimiento político dividido y en franca decadencia salvo en la región vasco-navarra –especialmente en Navarra y Álava, donde mantenía una posición claramente predominante– así como en la Rioja y en determinadas comarcas de Cataluña.
Las milicias de Falange por Miguel Alonso Ibarra (Universidad Nacional de Educación a Distancia)
El papel desempeñado por las milicias de Falange durante la primavera de 1936, el golpe de Estado de julio y la posterior guerra civil constituye una clave interpretativa esencial para entender el proceso constructivo y la naturaleza política de la dictadura franquista. No en vano, es fundamental explicar cómo un partido político que apenas pudo recabar algo más de cuarenta y seis mil votos, un 0,5 % del total, fue capaz, apenas unos meses después, de aglutinar el grueso de la movilización “voluntaria” para la guerra, llegando a integrar entre sus filas a varias decenas de miles de combatientes. Para entender esa evolución es necesario aproximarse al surgimiento de Falange Española como partido político, a la evolución de las posiciones de una parte importante de las derechas españolas con respecto a la democracia parlamentaria y el régimen republicano y, en última instancia, al contexto de la Europa de la primera mitad del siglo XX.
Quinta columna. La acción clandestina durante la guerra por Fernando Jiménez Herrera (Universidad Complutense de Madrid)
El término de “quinta columna” nos suele evocar a una organización informal y clandestina de sabotaje, auxilio y espionaje vinculada a Falange Española de las JONS que operó en la retaguardia republicana –sobre todo, en Madrid– durante la Guerra Civil española. Sin embargo, el sustrato social y político que conformó esta amalgama de grupos fue heterogéneo, al nutrirse de organizaciones monárquicas, católicas, fascistas o absolutistas; pero también de grupos sociales descontentos con la Segunda República, como el Ejército, que, en un volumen considerable, formaron la Unión de Retirados o la Unión Militar Española (UME). La vigencia de estas estructuras también se suele limitar a los primeros meses del conflicto. No obstante, estos grupos estuvieron activos toda la guerra y, según las últimas investigaciones, fueron fundamentales en el desenlace del golpe de Casado y el final de la guerra, favoreciendo las conexiones entre Burgos y Madrid.
Las “otras” milicias. Activismo paramilitar en la derecha española por Matteo Tomasoni (Universidad de Salamanca)
Más allá del protagonismo histórico de la Falange o del Requeté, la Segunda República fue testigo del surgimiento de un complejo ecosistema de grupos de choque y milicias ciudadanas que articularon la respuesta contrarrevolucionaria de las derechas. Desde el radicalismo temprano de los Legionarios de Albiñana hasta la masiva movilización de las Juventudes de Acción Popular, estas organizaciones no solo saturaron el ambiente político de una dialéctica belicista, sino que actuaron como un laboratorio de cuadros y justificación moral para el futuro Estado franquista. La violencia política fue una constante en la sociedad española durante la Segunda República. Entre 1931 y 1936, el activismo callejero de organizaciones políticas y paramilitares de muy distinto signo contribuyó a crear un clima de confrontación que terminaría por hacer imposible la convivencia democrática. Este fenómeno no fue exclusivo de los movimientos de izquierdas vinculados al mundo obrero, ni de la aparición del fascismo encarnado por los movimientos jonsista primero y falangista después. A lo largo de los convulsos años de la etapa republicana, la presencia de una derecha conservadora y católica, aparentemente comprometida con la legalidad del régimen, desarrolló sus propios dispositivos de movilización juvenil y de encuadramiento paramilitar.
Las tareas de retaguardia y las políticas eliminacionistas por David Alegre Lorenz (Universidad Autònoma de Barcelona)
Los meses del verano y el otoño de 1936 estuvieron presididos por los asesinatos contra civiles indefensos que tuvieron lugar en todo el territorio estatal, tanto en la retaguardia republicana como en la golpista. Esta violencia homicida estuvo íntimamente vinculada a la incertidumbre y a la velocidad extremas con que se desarrollaron los acontecimientos en las semanas posteriores al 17 de julio, pero también a la lectura cambiante de las supuestas necesidades que planteaba una guerra inesperada. En no poca medida, las masacres que acabaron con decenas de miles de vidas humanas se explican por el miedo ante el potencial comportamiento subversivo de los enemigos, reales e imaginarios, que anidaban en los territorios que cayeron de uno u otro lado, cuyo control no se creía ni mucho menos que estuviera garantizado. En el caso de la zona rebelde, estas no hubieran sido posibles sin la predisposición a utilizar la violencia por parte de las nuevas autoridades golpistas, amparadas en este caso por los deseos de una parte importante de sus apoyos sociales, que aspiraban a disciplinar a las clases populares y a destruir cualquier propuesta política en clave democrático-progresista o revolucionaria.
El sometimiento de Falange por Joan Maria Thomàs (Universitat Rovira i Virgili)
El sometimiento de Falange Española de las JONS (FE de las JONS) fue de la mano de su desaparición a raíz de la publicación del Decreto de Unificación (n.º 255 de 19 de abril de 1937) que instituyó su integración, junto con la Comunión Tradicionalista de los carlistas, en un nuevo partido denominado Falange Española Tradicionalista y de las JONS cuyo jefe nacional sería el generalísimo Franco. Así, de un plumazo, acabó la historia de la organización fundada, entre otros, por José Antonio Primo de Rivera a finales de 1933, sin que en el citado decreto se respetasen los órganos directivos existentes en los dos partidos unificados. Bien al contrario, se crearía un nuevo Secretariado o Junta Política de diez miembros, de los que tan solo dos procederían de cargos directivos de FE y uno de su dirección central. Se trataba de Manuel Hedilla Larrey, hasta entonces jefe nacional de FE de las JONS y durante los nueve meses anteriores jefe de la Junta de Mando provisional falangista. Sin embargo, la no aceptación por este de su nuevo cargo motivaría su detención.
El frente doméstico. Las organizaciones femeninas de los golpistas por Sofía Rodríguez López (Universidad Complutense de Madrid-InstiFem)
Cuando pensamos en la movilización femenina en la Guerra Civil española, acuden a nuestro imaginario los desfiles de milicianas antifascistas, las fábricas de armas y municiones o la propaganda para la constitución de un ejército de reserva en la retaguardia. Rara vez asociamos la agencia política con las mujeres conservadoras y la ocupación de la esfera pública con las amas de casa católicas. Pero desde hace ya algunos años, una corriente de investigación fecunda demuestra que los conflictos armados del siglo XX no fueron solo cosa de hombres y que las facciones “blancas o azules” de los bandos en lucha instrumentalizaron a señoras y señoritas en funciones casi idénticas a las de las “rojas revolucionarias” desde, al menos, 1917 en adelante. El estallido del conflicto el 18 de julio de 1936 provocó una decapitación inmediata de las estructuras de liderazgo de la derecha española. Con las figuras masculinas de la Falange, la CEDA o la Comunión Tradicionalista ejecutadas, encarceladas o forzadas a la clandestinidad, se produjo un vacío de poder que obligó a una reconfiguración radical de la jerarquía operativa, lo que motivó que las secciones femeninas de esos partidos, creadas escasos años antes, redoblaran su actividad.
Fal Conde y la trayectoria del carlismo por Jordi Canal (École des hautes études en sciences sociales)
La proclamación de la Segunda República, en 1931, dio nuevas alas al carlismo en España. Aquel año, asimismo, el fallecimiento de don Jaime, soltero y sin hijos, hizo que fuese designado como pretendiente al trono su tío Alfonso, un anciano de ochenta y dos años que tampoco tenía descendencia. La entrada en escena del nuevo rey Alfonso Carlos I facilitó el retorno de integristas y mellistas a la casa común. En mayo de 1934, Fal Conde reemplazó a Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno, al frente del carlismo. Durante el mandato de este último, entre 1932 y 1934, la Comunión Tradicionalista había prosperado y ganado en dinamismo. La estrategia rodeznista tenía, no obstante, muchos detractores. El cambio de líder vino acompañado de unas instrucciones del pretendiente: supresión de la TYRE (Tradicionalistas y Renovación Española), una oficina electoral creada para preparar los comicios de 1933; no referirse a la Comunión como partido monárquico, sino tradicionalista o carlista, y, asimismo, imposibilidad de servir a dos reyes. Comenzaba una nueva etapa.
El encuadramiento militar de las milicias por Eduardo González Calleja (Universidad Carlos III de Madrid)
En España, el estallido de la Guerra Civil propició una militarización temprana, justificada en la necesidad de aunar esfuerzos para resolver un conflicto que se intuía cruento y prolongado. No era un problema menor: hacia octubre de 1936, las milicias suponían un tercio de la fuerza del Ejército rebelde, censada en unos 145 000 soldados. La masa miliciana se calculaba para ese invierno en 65 000 combatientes. En abril de 1937, el inspector nacional de Milicias, general de caballería José Monasterio Ituarte, aseguraba que los falangistas a sus órdenes eran unos 126 000, seguidos de 22 000 voluntarios del Requeté y 5000 de otras formaciones políticas. En julio de 1938, la correlación de fuerzas era de 19 969 requetés frente a 74 519 falangistas, y en febrero de 1939 los falangistas sumaban 72 608 (75 % del total de voluntarios) y los carlistas a 23 716 (25 %).3 Los efectivos totales que lucharon en las milicias rebeldes oscilaron entre los 160 000 y los 200 000 hombres.
Imperio y mística del sacrificio. Falange y la propaganda por Xosé Manoel Núñez Seixas (Universidade de Santiago de Compostela)
La propaganda falangista, orquestada desde la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda dirigida por el escritor Dionisio Ridruejo, asumió desde un principio tonos patrióticos adaptados al nacionalismo de guerra imperante en el bando insurgente, y fue capaz además de forjar símbolos que se extendieron rápidamente al conjunto de las tropas sublevadas, empezando por la rápida difusión de los acordes y la letra del himno Cara al sol, que no consiguieron que sustituyese como himno nacional a la Marcha real, de la bandera rojinegra –vista como emblema de la “revolución nacional” que complementaba al repuesto pabellón rojigualda, símbolo de la “España eterna”– y del lema “Arriba España”. Se trataba de defender la patria frente a un invasor extranjero e impío, el ruso, ayudado por una invasión interior, el rojo, una motivación sentida por buena parte de los voluntarios falangistas y compartida con otros combatientes afines a la causa de los sublevados.
José Solchaga Zala. Itinerario de un jefe del Requeté por Alba Llavina Ros (Universitat Autònoma de Barcelona)
La trayectoria de José Solchaga Zala ofrece una ventana privilegiada para observar cómo se construyó la maquinaria militar sublevada durante la Guerra Civil. Desde las campañas de Marruecos hasta la caída de Bilbao, pasando por la movilización del Requeté navarro, su carrera permite analizar la articulación de experiencias militares, culturas políticas y formas de organización que hicieron posible una de las fuerzas ofensivas más eficaces del conflicto: las Brigadas de Navarra. La trayectoria de José Solchaga permite observar precisamente el plano operativo de la guerra, donde el avance, la ocupación del territorio y la reorganización constante de las fuerzas resultaban tan importantes como los propios combates. Buena parte de esas prácticas remiten a experiencias adquiridas en Marruecos, escenario decisivo en la formación de numerosos oficiales españoles del primer tercio del siglo XX. Sin embargo, la guerra desarrollada en el norte no puede explicarse únicamente como una prolongación peninsular de la experiencia colonial.
Directores Alberto Pérez Rubio, Carlos de la Rocha, Javier Gómez Valero.

