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Organismo silente

Organismo silente
rastros de una metáfora en la ciencia jurídica

  • ISBN: 9788490450529
  • Editorial: Editorial Comares
  • Lugar de la edición: Granada. España
  • Colección: Crítica del Derecho. Derecho vivo
  • Encuadernación: Rústica
  • Medidas: 22 cm
  • Nº Pág.: 311
  • Idiomas: Español

Papel: Rústica
23,00 €
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Resumen

Quizá lleva razón Foucault al afirmar que los prólogos son innecesarios. Suponen situarse exactamente en aquel mismo punto de representación ensayado por Velázquez en la Meninas: un afuera que es un adentro visceral. Los prólogos terminan convirtiéndose en un aperitivo intelectual para inapetentes, en propaganda decimonónica para una sociedad de lectores desaparecida, o bien en una simplificación de la obra prologada realizada por alguien que mantiene una relación jerárquica o disciplinaria con el autor. Posiblemente el presente prólogo tenga un poco de cada uno de estos elementos, por ello recomiendo al lector razonable que pase directamente a las páginas centrales de este trabajo.
No obstante, exorcizados (relativamente) y avisados de los males de las introducciones, de los «momentos previos», de las presentaciones realizadas por voz de un tercero, sí que quisiera apuntar algunas notas que han de servir de advertencia y alerta.
Quizá sea de alguna utilidad enumerar cuáles no son, a mi juicio (quizá un juicio poco legitimado para tales afirmaciones), las finalidades de las siguientes páginas.
En primer lugar, no se trata de escribir una historia filosófico-jurídica al uso sobre la metáfora orgánica. Esto es una historia en donde se definan claramente los orígenes, se muestren las continuidades y evoluciones del concepto y se mantenga en el estricto ámbito de la historia de las ideas la construcción del relato. No se intenta siquiera tal cosa: el inicio de la metáfora no interesa de forma mediata, se reconoce su longevidad, se citan sus idas y venidas, pero, sobre todo, el trasunto es su desaparición, su ocultamiento, su elusión (querida o involuntaria). Y, en este sentido, los futuros e hipotéticos ajustes de cuentas con estas páginas han de tener presente este extremo: no se busca completitud, los jalones explicativos, que constituyen cada uno de los capítulos, han de entenderse más como ejemplos que ilustran una tendencia que como pasos obligados entre cimas teóricas de la historia del pensamiento jurídico
En segundo lugar, no es un ejercicio de Begriffsgeschichte del estilo de la ensayada, por ejemplo, por Oliver Lepsius en Die gegensatzaufhebende Begriffsbildung en relación con algunos conceptos fundamentales para la construcción teórica del nacionalsocialismo. No hay ni se intenta un estudio diacrónico del concepto orgánico. Hay ecos e ideas de Koselleck y Blumenberg en el planteamiento del trabajo, por supuesto. Pero no se ha adoptado su metodología como un hilo de Ariadna del que el autor no pudiera y debiera desprenderse. Y esto puede suceder en ocasiones cuando una metodología o una corriente teórica se convierte más en un impedimento que en una ayuda. He dialogado (y discutido) con Daniel García sobre los problemas que conlleva definir qué diferencia un concepto frente a una mera palabra, y si estos últimos son realmente tan ineludibles y esenciales para construir el discurso histórico. El texto de Michael Stolleis Rechtsgeschichte schreiben (ofrecido en una esplendida traducción por Ignacio Gutiérrez en la editorial Comares), tan crítico con la Begriffsgeschichte, ha jugado aquí un papel ciertamente desmitificador.
Por último, no se trata de la historia de una metáfora todopoderosa que se constituye en única fuerza motriz de la filosofía jurídica y política de los dos últimos siglos. La metáfora orgánica nada explica por sí misma. Parece ser un indicador (que se transmuta, a veces, en otros términos, por ejemplo, «pureza») de ciertas formas de pensar y de plantear las relaciones (sobre todo, pero no solo) del Estado con los individuos o, si se quiere expresar de otro modo, puede ser entendida como una metáfora de la gobernanza al estilo de aquella del pastoreo tan pertinentemente explicitada y desvelada por Michel Foucault.
Esas son, me parece, las finalidades que, por intempestivas o inalcanzables, no se quisieron colmar en estas páginas. Me parece un ejercicio de honestidad académica desvelar al lector de este trabajo, tesis doctoral de Daniel García, cuáles fueron los objetivos que se tenían en mente al afrontar un tema de esta índole: que se enfrentara directamente con algunos de los grandes clásicos del XIX y del XX, que leyera de primera mano a Savigny, Jhering, Gerber, Jellinek o Kelsen, que los repensara, de forma novedosa a través de la idea de la metáfora orgánica, que buscara los resquicios de ésta en el pensamiento de aquellos. Y ello porque tanto Nicolás López Calera como Mariano Maresca me mostraron que los autores clásicos están ahí no para ser citados de segunda o de tercera mano sino para ser releídos y actualizados (sin sacralizarlos, por supuesto) una y otra vez.

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